Opinión:“¿Qué sociedad nos espera en la era post-pandémica? Reflexiones desde la Ética”

Dra. Verónica Benavides, académica de la Facultad Eclesiástica de Teología PUCV

10.07.2020

Todos nos estamos preguntando qué tipo de sociedad dejará tras de sí la pandemia por COVID-19 una vez superada la primera ola de contagios, y eventualmente, el segundo brote calificado como “probable” por la Organización Mundial de la Salud. Si hay algo seguro en medio de la incertidumbre actual sobre el futuro -incluso el inmediato- es que la sociedad como la conocemos va a cambiar, es más, desde muchos puntos de vista, ese proceso es necesario y urgente, y hasta podría considerarse como un imperativo ético. El problema es determinar la naturaleza de ese cambio, pues sabemos que éste puede ser tanto para bien como para mal.

El filósofo Byung-Chul Han vaticinó un escenario, a primera vista, catastrofista: según él, en el mundo post-pandemia viviremos en un “estado de guerra permanente”, en que deberemos conformarnos con sobrevivir, sacrificando el placer individual y el sentido de la buena vida. En otras palabras, su análisis nos remite con claridad a la inminente pérdida de aquellas acciones que han intentado definir la “buena vida” en el Occidente de los últimos cien años, es decir, la pérdida de la posibilidad de hiperconsumir sin límites éticos ni de sustentabilidad y, sobre todo, de satisfacer nuestros deseos narcisistas validados por un sistema socio-económico que las elevaba al rango de valores deseables para una así llamada “vida feliz”.

Si es esto lo que, según Byung Chul-Han, perdería nuestra sociedad tras la pandemia por coronavirus, desde un punto de vista ético, podría ser una ganancia para el género humano. Si el nanométrico virus es capaz de obrar un cambio de mentalidad y de costumbres que parecían la única manera de tener una vida plena, bienvenido sea el cambio de óptica. Y este cambio no es menor: significa, ni más ni menos, volver a una sociedad más humana, más vivible desde lo que somos, seres sociables y cooperativos que apetecen construir sus vidas en la compañía de otros que nos son afectivamente significativos. Es lo que la naturaleza humana reclama, desde el fondo de su ser, en medio de esta pandemia: vivir y morir como personas humanas.

Por ello, si nos quedamos en la lógica de ver al otro como amenaza sanitaria, o como competencia despiadada por un puesto de trabajo en la incipiente “nueva normalidad”, o como un extraño sin rostro -oculto por la mascarilla de uso obligatorio- perpetuaremos una sociedad de la sospecha, de claro tinte antisocial, esto es, sin humanidad ni dignidad alguna.

En suma, si el cambio de paradigma es éticamente imperioso, que éste sea para volver también al viejo concepto de amistad cívica, tal como la describía el romano Cicerón: “el más sagrado vínculo entre los hombres y el más conforme a la Naturaleza” (De Amicitia, V, 17), dado que persigue el Bien Común, el bien de toda la comunidad política. Nada más lejos del “estado de guerra permanente” vaticinado por el filósofo coreano, que nos recuerda más al Hobbes del Leviathan que al Aristóteles de la Política.

Si logramos recuperar el trato solidario entre seres humanos, no solamente transformaremos la sociedad actual del miedo y la sospecha, sino que recibiremos con creces mucha más humanidad y dignidad de la que podemos entregar. Quizás, ya sea hora de escuchar con más atención a The Beatles y su clásico All you need is love y dejarnos llevar, a diario, por la máxima ignaciana “amar y servir en todo”.

Facultad de Teología PUCV