COLUMNA DE OPINIÓN: El bienestar de las mujeres como un derecho colectivo

Pese a lo que se podría esperar por mi rol como psicóloga y psicoterapeuta, el objetivo de esta columna no es reivindicar mayores recursos para intervenciones en salud mental. Las reflexiones que quisiera compartir, partiendo justamente de mi experiencia escuchando el malestar de muchas mujeres, tienen como centro el reconocimiento de que la salud y especialmente la salud mental, se ha vuelto cada vez más un privilegio social en vez de avanzar hacia el reconocimiento de un derecho. Especialmente en el caso de las mujeres, especialmente en los contextos de mayor desigualdad como es nuestro país y no precisamente porque no hay recursos para ir a terapia.
Las estadísticas nacionales en esta materia son contundentes y, aunque se alinean con las tendencias globales, presentan aquí algunos de los indicadores más preocupantes a nivel internacional. Tras la pandemia, la brecha de género en salud mental se ha profundizado: las mujeres registran niveles significativamente más altos de síntomas depresivos, ansiedad y trastornos del sueño, además de un incremento peligroso en reportes de estrés y cansancio crónico. Significativamente más que los hombres.
Si bien estos datos son de dominio público y han sido analizados en contextos políticos, quisiera destacar dos aspectos que me parecen muy significativos en el marco del Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres. El malestar, especialmente el psicológico, es un emergente subjetivo de complejas condiciones sociales que no pueden ser ignoradas, sobre todo cuando tal malestar asume una dimensión pandémica.
Si bien obviamente se necesitan especialistas para curar, también es urgente desplegar políticas de promoción y prevención que trasciendan la esfera de la responsabilidad individual. Es fundamental alejarse de aquellas narrativas que centran el problema en la supuesta fragilidad de las personas, promoviendo en su lugar un enfoque social y colectivo.. Las estadísticas señalan que quienes viven en mayor vulnerabilidad —como personas mayores, con menor educación e ingresos, migrantes o grupos discriminados— enfrentan un riesgo superior de malestar psicológico.
Sabemos que la variable género es transversal a todas esas variables de vulnerabilidad. Los mismos estudios revelan que, entre los indicadores de riesgos de salud mental, destaca la sobrecarga, especialmente aquella relativa a la saturación de responsabilidades de distinta índole. En ambos aspectos las mujeres viven las peores condiciones tanto por ser parte de las categorías de riesgos además de manera intersectorial, como por tener que asumir doble y triple carga de responsabilidad. Es decir que aquellas mujeres que tienen menos derechos sociales también corren muchos más riesgos vitales.
El segundo aspecto a considerar concierne a la narrativa sociocultural acerca de la salud mental que nuevamente pesa más en las mujeres: el autocuidado, el estar bien se ha transformado en un imperativo, en un “deber hacerlo todo y bien” que produce sentimientos de culpa, baja autoestima, impotencia y desesperación. Necesitamos transitar hacia acciones colectivas que de verdad garanticen el derecho a estar bien y asumiendo que estamos frente a una pandemia que necesita ser enfrentada socialmente.
Luisa Castaldi
Profesora, Directora Clínica Psicológica PUCV
Asesora de la Dirección de Equidad de Género PUCV