Columna de Opinión: Relación entre Estrés y Sistema Inmune

Por Elizabeth Troncoso Bravo, académica de la Carrera de Tecnología Médica

26.05.2021

En 1973, Hans Selye acuñó el término estrés para describir “la respuesta no específica del cuerpo a cualquier demanda que sobre él se ejerce”.

Es importante reconocer dos tipos de estrés:  el positivo y saludable, que nos puede ayudar a dar lo mejor de nosotros, y el distrés -que puede ser real o imaginario-, capaz de provocar cambios en el sistema inmunológico, llegando a ser perjudicial a nivel sistémico.

Se ha demostrado que el estrés crónico presenta una liberación exagerada y sostenida de adrenalina y cortisol: mientras que la primera es la encargada de ponernos en alerta en situaciones de tensión al aumentar la frecuencia cardiaca y elevar la presión arterial, el segundo aumenta los niveles de azúcar en la sangre, la actividad de la amígdala cerebral (almacén de emociones) y disminuye la actividad del hipocampo (almacén de la memoria).

Además, el estrés crónico puede suprimir las respuestas inmunitarias protectoras al disminuir la cantidad de leucocitos B, que son las células que producen anticuerpos, así como la actividad y función de las células NK o linfocitos, que eliminan espontáneamente las células infectadas por distintos microorganismos.

En este sentido, debemos recordar que la población microbiana o microbiota presente en los diferentes ecosistemas del cuerpo favorece la salud y el bienestar. Al comparar las especies microbianas en las diferentes partes del cuerpo, se ha observado que hay distintos tipos de bacterias en cada zona y se estima que 39 billones de microrganismos viven en nuestro intestino grueso. El microbioma de cada persona es único y ha evolucionado durante miles de años, aunque puede modificarse o provocar un desequilibrio debido a factores como la alimentación, el estrés, el grado de obesidad, el uso de medicamentos como antibióticos o laxantes, así como los hábitos de higiene. 

La alteración del microbioma se relaciona con diarrea, síndrome de intestino irritable, enfermedad inflamatoria intestinal, obesidad, alergias e, incluso, enfermedades neuropsiquiátricas como el autismo.

Numerosas investigaciones vinculan el estrés y el eje microbiota intestino-cerebro y sus respuestas neuroendocrinas y neuroinflamatoria, implicadas durante condiciones prolongadas de estrés. Así, el estrés crónico afecta el ecosistema microbiano y la permeabilidad intestinal, y con ello el intercambio de información entre las bacterias y el cerebro. Tales desórdenes se han encontrado en diversas psicopatologías, como la depresión, esquizofrenia, entre otras.

Puesto que no todas las personas reaccionan de la misma manera ni tienen la misma percepción frente a una determinada amenaza, es fundamental reconocer las señales de estrés en cada uno de nosotros y buscar las herramientas para convivir con él.  Dentro de ellas se encuentran:

  • Alimentación saludable: el consumo de prebióticos y probióticos aumentan la concentración de microorganismos “buenos” en nuestro intestino.
  • Actividad física: genera endorfinas, que son neurotransmisores que nos hacen sentir bien.
  • Contacto con la naturaleza: disminuye las concentraciones de cortisol.
  • Respiración consciente: estimula el sistema nervioso simpático y parasimpático.
  • Meditación: al enfocarse en una sola actividad, permite disminuir la frecuencia respiratoria y cardiaca, y aumenta las ondas cerebrales alfa.

Es necesario recordar que las amenazas siempre existirán en nuestra vida, para nuestros antepasados eran los animales salvajes, actualmente es un virus. Depende de nosotros utilizar las herramientas necesarias para interpretar estos desafíos de la vida como una oportunidad de crecimiento y no exponernos a los efectos del estrés crónico.

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